Desde que has dejado de comunicarte conmigo, cada vez que te veo, pienso que puede ser la última vez que te vea. Pero es algo que puede suceder por ambos lados: porque tú dejes de ir al templo, o porque sea yo el que no pueda ir, ya sea por mí mismo o por mis circunstancias personales.
Cada vez que te veo, necesito contemplarte aunque sea por unos instantes y, si es posible, necesito capturar un momento, como un trofeo, como un recuerdo que me permita seguir viviendo que tú estabas ahí y que yo también estaba allí.
Cada vez que te veo, siento ese miedo a perderte definitivamente, a que ya nunca volveré a saber de ti, a que moriré sin poder hacer nada más por ti. Cada vez que te veo, parece ya la última.
Por eso, le doy gracias a Dios, porque este último fin de semana de junio, no fue una, sino que fueron dos las veces que pude verte. Dos, las veces que pude contemplarte. Dos, las veces que pude sacar un recuerdo más permanente de ti. Será largo el verano, pero no por el intenso calor, sino porque no tengo forma de tenerte cerca, de sentirte, de saber de ti por ti.
Que Dios os cuide y proteja a todos los tuyos y a ti, María Tengoku, bendita seas siempre.
