Hoy hace 15 años de aquel gran regalo
único en mi vida. Y me lo hiciste tú, María Tengoku. Fue de noche, como ahora.
Aún recuerdo la salida de aquella cena, cuando nos saludaban aquellos que no
nos habían podido saludar antes a los que habíamos llegado tarde. Era como una
recepción real; la otra persona y yo, recibiendo los saludos de todos los
demás, que desfilaban ante nosotros. Pero yo me fijaba en ti, que te quedaste atrás de los demás, querías ser
la última y, en la oscuridad, de reojo, te veía tocarte el pelo. Me preguntaba:
“¿qué está haciendo?”.
Lo tengo guardado en mi retina, lo tengo
guardado en mi mente, lo tengo guardado en mi corazón. Porque, cuando te
acercaste a saludar, le diste un beso a la otra persona y, en vez de dirigirte
hacia mí, pasaste entre los dos, dando saltitos, de puntillas, para ponerte a
mi espalda y rodear mi cintura con tus brazos. Nunca me vi antes así, nunca
estuve así, nunca he vuelto a estar así, nunca estaré más así. Y en público; te
sentías bien, te sentías a gusto conmigo.
Sólo los regalos, como este, que he
recibido de ti, los he recibido en mi vida, nada más ha habido parecido. ¿Cómo
no voy a seguir enamorado de ti? ¿Cómo voy a poder evitar no morirme enamorado
de ti?
Muchas gracias, María Tengoku, que Dios os
guarde y cuide a todos los tuyos y a ti, bendita seas siempre.
