Te escribo en esa hora del domingo en la que suelo contemplarte, en la que acudo al templo sólo por verte, por saber que estás bien, por saber que te sigues desenvolviendo en la vida y haciendo cosas. Ya no estuviste la semana pasada y tampoco creo que estés hoy. De todas formas, también quiero hacerme a la idea de que, si Dios quiere, ya no volveré a verte hasta septiembre u octubre, insisto, si Dios quiere y si tú no te dedicas a otra cosa.
Me estoy desmoronando mientras me doy cuenta de que, en unas horas, entraré en la peor semana del año, con la consciencia de que ya el año pasado tuve una pérdida irreparable; a principios de este año, sentí otra inmensa, dolorosísima e insustituible (tú); y hace unos días, tuve la confirmación, aunque ya lo presentía, que mi futuro será muy jodido (no es lo mismo presentirlo que tener la confirmación, claro). Que pase pronto esta maldita semana.
Ojalá que tú estés disfrutando del sol, del calor y de la vida que ello conlleva, que estés gozando mucho con familiares y seres queridos, incluso con el inseparable que mentabas ayer en tu red social, que lo estés pasando muy bien y te sientas muy bien con todo lo bueno que hay en tu vida. Que Dios guarde y cuide a todos los tuyos y a ti, María Tengoku, bendita seas siempre.
