Hoy no me has dedicado un segundo, pero el Señor sí me ha hecho el grandísimo regalo de poder verte, de saber que estás bien, de poder contemplar que sigues con tu vida. Me ha encantado verte abanicarte, tú, que eres tan friolera, sirviéndote de un instrumento para darte algo de viento. Qué maravillosa experiencia.
Te he visto, he podido contemplarte, he podido gozar con tu presencia, aunque sea desde la distancia y desde la lejanía; he podido escucharte en esa distancia, he podido sentirte, aunque sea apartado.
Verte lo hermosa que estás me hace pensar que ya hay alguien verdaderamente especial en tu vida y que tú lo eres también para esa persona; con los labios pintados, elegante, toda una mujer, impresionante, bella, atractiva, tan sensual. Sí, y no me causa dolor, porque te deseo todo lo mejor, aunque lo mejor no sea yo. No me importa, porque te quiero de verdad, te quiero incondicionalmente, como yo sólo sé amar.
Gracias, Dios mío, por este hermoso e inesperado regalo de hoy. Bendita seas siempre, María Tengoku. Que goces mucho de esta noche de sábado y tengas un fabuloso domingo.
