En este día del Dulce Nombre, yo te felicito, María, pero también te pregunto: ¿Qué te hemos hecho, María? ¿Dónde quedó tu hermosísima sonrisa, sólo capaz de competir con la belleza de tus fascinantes y profundos ojos?
Acepto mis culpas, mis errores, mis fallos, las veces que te he decepcionado, las veces que te he dejado atrás, que me he equivocado. Incluso te pedí perdón por escrito de todos mis fallos y errores. Para mí es una inmensa tristeza, una inmensa amargura, una grandísima pena que ya ni tan siquiera te pueda saludar, pero así es la vida, lo comprendo.
¿Qué te hemos hecho, María? Porque sé que no he sido solo yo, porque sé que yo no he sido el que más daño te ha hecho (en realidad, no te he hecho daño ninguno, o poco, o muy poco, pero sé que siempre se pueden malinterpretar mis acciones; malinterpretar las acciones, aunque sean tonterías, es muy fácil hoy en día), pero sí comprendo que, si me desprecias y me ignoras en el presente, algo malo he significado para ti.
Sin embargo, por mis sentimientos, por mis recuerdos, por mis emociones y hasta esa extraña sensación que del todo, nunca me ha dejado, yo te sigo deseando todo lo mejor para ti. Que ojalá en este día de tu santo, puedas tener muchos pequeños grandes momentos de felicidad, por el hermoso regalo que te hicieron tus padres al elegirte ese nombre que tienes.
Últimamente, he escuchado varias veces (en televisión, por supuesto), aquello de que "te amo desde la primera vez que te vi". Yo, en verdad, sé que no fue así, pero sí recuerdo aquella primera vez que me fijé en ti, sí recuerdo verte todo de negro, allí, sin integrarte con los demás, sólo mirando y viendo lo que hacían los demás. Sí recuerdo estar a tu derecha, por detrás de ti, preguntándome qué le pasaba a aquella chiquilla. En aquellos momentos y en tiempos siguientes, no se me pasaba por la cabeza que estaba ante la mujer de mi vida, ante la única persona verdaderamente fascinante que he conocido en mi vida, ante mi gran amor; fue a medida de que te fui conociendo, mientras más te trataba, más me enamoraba de ti.
Y ahora, pues eso, no soy nada para ti, como tampoco soy nada para el resto de la humanidad. Muchas gracias por haber sido, tú y sólo tú, alguien tan diferente, tan distinta, tan única y tan especial en mi vida, tan fascinante. Muchas gracias, María, muchas felicidades en tu día. Que Dios os guarde y cuide a todos los tuyos y a ti, María, bendita seas siempre.
El morado purpúreo, el que decías que era tu color favorito, para lo bueno de este texto; el negro, el color del luto, de la tristeza y la amargura, para lo malo.
